Éste es un extracto de la Audiencia de los miércoles que
el Papa Francisco presentó el 8 de mayo, traducida por Radio Vaticano.
El tiempo pascual que estamos viviendo con alegría,
guiados por la liturgia de la Iglesia, es por excelencia el tiempo del Espíritu
Santo donado «sin medida» (cf. Jn 3, 34) por Jesús crucificado y resucitado.
Este tiempo de gracia se concluye con la fiesta de Pentecostés, en la que la
Iglesia revive la efusión del Espíritu sobre María y los Apóstoles reunidos en
oración en el Cenáculo.
Pero, ¿quién es el Espíritu Santo? En el Credo
profesamos con fe: «Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida». La
primera verdad a la que nos adherimos en el Credo es que el Espíritu Santo es
«Kyrios», Señor. Esto significa que Él es verdaderamente Dios como lo es el
Padre y el Hijo, objeto, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y
glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo, en efecto,
es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo
Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como Hijo
enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.
Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que
el Espíritu Santo es el manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros. El
hombre de todos los tiempos y de todos los lugares desea una vida plena y
bella, justa y buena, una vida que no esté amenazada por la muerte, sino que
madure y crezca hasta su plenitud. El hombre es como un peregrino que,
atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y
fresca, capaz de saciar en profundidad su deseo profundo de luz, amor, belleza
y paz. Todos sentimos este deseo. Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es
el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros
corazones. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante», nos dice
Jesús (Jn 10, 10).
Jesús promete a la Samaritana dar un «agua viva»,
superabundante y para siempre, a todos aquellos que le reconozcan como el Hijo
enviado del Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3, 17). Jesús vino para
donarnos esta «agua viva» que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea
guiada por Dios, animada por Dios, nutrida por Dios. Cuando decimos que el
cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es
una persona que piensa y obra según Dios, según el Espíritu Santo. Pero me
pregunto: y nosotros, ¿pensamos según Dios? ¿Actuamos según Dios? ¿O nos
dejamos guiar por otras muchas cosas que no son precisamente Dios? Cada uno de
nosotros debe responder a esto en lo profundo de su corazón.
A este punto podemos preguntarnos: ¿por qué esta agua
puede saciarnos plenamente? En la Carta a los Romanos encontramos esta
expresión: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que se nos ha dado» (5, 5). El «agua viva», el Espíritu Santo,
Don del Resucitado que habita en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos
renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que
es Amor. Por ello, el Apóstol Pablo afirma que la vida del cristiano está
animada por el Espíritu y por sus frutos, que son «amor, alegría, paz,
paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22-23).
El Espíritu Santo nos introduce en la vida divina como «hijos en el Hijo
Unigénito». En otro pasaje de la Carta… san Pablo lo sintetiza con estas
palabras: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de
Dios. Pues... habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos
“Abba, Padre”. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos
hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos
con Cristo; de modo que, si sufrimos con Él, seremos también glorificados con
Él» (8, 14-17). Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro
corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de
confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de
Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos
y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de
respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a
vivir la vida como la vivió Cristo, a comprender la vida como la comprendió
Cristo. He aquí por qué el agua viva que es el Espíritu sacia la sed de nuestra
vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a
Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como
Jesús.
Y nosotros, ¿escuchamos al Espíritu Santo? ¿Qué nos
dice el Espíritu Santo? Dice: Dios te ama. Nos dice esto. Dios te ama, Dios te
quiere. Nosotros, ¿amamos de verdad a Dios y a los demás, como Jesús?
Gracias Papa Francisco por su maravillosa profundización
acerca del Espíritu Santo.
Padre John
Waiss
En el Internet: http://madredelamorpuro.blogspot.com